
Un fósil hallado en el desierto del Gobi oriental de Mongolia y descrito en Nature identificó a Tamirkhan balcarceli y cambió una idea aceptada durante décadas sobre la evolución de este grupo de vertebrados. El hallazgo mostró que los llamados “Conejos del Cretácico” no pertenecían al linaje de los mamíferos placentarios, sino a los zalambdalestoideos, un grupo distinto de formas tempranas.
Según Phys.org, el espécimen apareció en 2004 durante una expedición patrocinada por el American Museum of Natural History, y su estudio reunió a científicos de esa institución, Stony Brook University, la University of Arizona y Arcadia University.
Andres Giallombardo, autor principal del estudio, dijo a Phys.org que el hallazgo demuestra por qué el trabajo de campo sigue siendo indispensable para reconstruir la historia de la vida. También lo definió como el momento más emocionante de su carrera, porque se trató de una especie nueva conservada de forma tan completa que además resolvió un problema científico de larga data.
Qué revela la anatomía del fósil

Tamirkhan balcarceli, hallado en el Gobi oriental de Mongolia, medía entre 15 y 18 centímetros de la cabeza a la cola. Tenía patas traseras alargadas que le daban un aspecto parecido al de un conejo, una comparación informal que los paleontólogos han usado para referirse a estos animales.
El fósil conservó dientes bajos y redondeados, característicos de los zheléstidos, y también incisivos largos de crecimiento continuo. Sumó además varios rasgos del cráneo propios de los zalambdalestoideos, un grupo de pequeños mamíferos insectívoros parecidos a musarañas.
Shawn Zack, paleontólogo de la University of Arizona, afirmó a Phys.org que las patas traseras y los tobillos de Tamirkhan corresponden de forma inequívoca a los zalambdalestoideos. A partir de ese conjunto anatómico, los autores concluyeron que los zheléstidos no eran mamíferos placentarios ni especialmente parecidos a ellos.
Por qué cambia una idea aceptada durante décadas

Los zheléstidos se conocían desde hacía casi 40 años por dientes aislados y restos fragmentarios. Esas piezas, más especializadas para comer plantas que los dientes afilados de muchos mamíferos del Cretácico, llevaron a proponer que formaban un grupo desconocido.
Durante años se discutió si eran ejemplos de mamíferos placentarios del Cretácico o una línea separada que había adquirido rasgos parecidos por evolución independiente. La hipótesis de placentarios en ese período contaba con apoyo de modelos de reloj molecular, pero el nuevo fósil aportó pruebas en sentido contrario.
Paul Velazco, biólogo comparativo de Arcadia University, señaló a Phys.org que los modelos moleculares construidos a partir de animales vivos pueden anticipar el pasado, mientras los fósiles permiten comprobar esas predicciones.
Maureen O’Leary, paleontóloga de Stony Brook University e investigadora asociada del museo, subrayó en el mismo medio que un diente sigue siendo un fósil muy informativo, aunque no siempre alcanza para reconstruir al animal entero.
El papel del Gobi y de la base de datos MorphoBank

El espécimen también reforzó el valor científico del Gobi, uno de los pocos lugares donde se preservan zheléstidos junto con yacimientos de Kazajistán, Kirguistán y Uzbekistán.
Michael Novacek, curador de la División de Paleontología del museo, dijo a Phys.org que esa región es una de las escasas zonas donde aparecen con regularidad mamíferos del Cretácico tan completos.
Las conclusiones evolutivas del estudio también se apoyaron en MorphoBank, una plataforma filogenética publicada por primera vez en 2013. Esa base de datos se amplió durante más de una década con un número creciente de especies fósiles y sirvió como marco para analizar relaciones entre mamíferos tempranos.
El caso de Tamirkhan dejó una advertencia metodológica. Un diente puede orientar una clasificación, pero no basta por sí solo para fijar el retrato completo de un animal extinguido.

